UN CAMBIO A LA PROSPERIDAD

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UN CAMBIO A LA PROSPERIDAD

Como hijos de Dios, tenemos acceso a sus recursos ilimitados. Esta es la Verdad sobre nuestra economía: lo que reclamamos, lo obtenemos, lo que pedimos, lo recibimos. Dios verdaderamente nos ha dado un cheque en blanco garantizando «el pago a su presentación». ¿Cómo solicitamos el pago? ¿Cómo formulamos nuestra demanda a Dios?

Ciertamente nos decimos «¡Dios dame!». Cada vez que insistimos cortamos automáticamente la comunicación con Dios porque le estamos negando la posibilidad de hacer las cosas a Su manera, que siempre es mucho mejor que la nuestra. Limitamos cuando exigimos cierto bien, de cierta manera. Exigimos cuando decimos: «Esto y nada más. Esto y nada mejor». Debemos de hacer nuestra petición de pago exponiendo nuestro deseo o necesidad y confiando luego en el Señor, dejándole hacer lo que es mejor. mientras tanto, permanecemos ocupados haciendo aquello que debemos de hacer, ya tenga que ver con nuestra petición o no.

Los principios económicos invariables de Dios son claramente expuestos en Salmos 37:3-5:

Confía en el Señor y haz el bien;

Y habitarás en la tierra y te apacentarás de la verdad.

         asimismo en el Señor

Y él te concederá las peticiones de tu corazón

Encomienda al Señor tu camino,

Y confía en él y él hará.

Este es un maravilloso principio, pues es uno alegre. Las palabras son alegres y las promesas son alegres.

Ellos bosquejan un muy simple procedimiento para que nosotros lo sigamos: confía en Dios, sé feliz con ello, deja a Dios dirigir. Es una regla de «uno, dos, tres», fácil de recordar. La parte critica es la primera: confiar en Dios. Vamos a ser felices si confiamos completamente, y vamos a estar listos para dejarlo a El dirigir, pues si confiamos también confiaremos en Su dirección.

No necesitamos gran fe para empezar. Podemos comenzar con lo que tengamos, no importa cuán pequeña parezca ser. Ella crecerá si persistimos en darle uso y aliento. Aumentamos nuestra reserva de fe poco a poco, hasta que ésta se vuelva lo suficientemente grande para poder solicitar cualquier cosa del siempre-presente. siempre disponible e ilimitado almacén. Las afirmaciones edifican la fe; la repetición de promesas bíblicas la fortalecen.

Confiamos en Dios para nuestras necesidades actuales y confiamos en El para nuestro futuro económico. Si El puede hacerse cargo de nosotros ahora, ciertamente podrá hacerse cargo de nosotros en cualquier momento. Si bien es bueno guardar dinero para cosas especiales, no es bueno ahorrar pensando en tiempos de escasez o necesidad pues esa necesidad significa para la mayoría de nosotros, un desastre en la forma de una enfermedad indeseable, gastos inesperados, pérdida o accidente. Cuando ahorramos sólo para posibles necesidades, nos privamos del presente y comenzamos a atraer aquellas cosas para las cuales se ha reservado el dinero. Es mucho más sensato ahorrar para las cosas que queremos en nuestra vida.

Cuando hagamos una compra bendigamos aquello que adquirimos o en lo cual invertimos y luego rehusemos preocuparnos o pensar sobre ello con duda. Instantáneamente ponemos la compra o la inversión en manos de Dios: «Padre, pongo esta casa, este automóvil, esta inversión, en tus manos. Rehúso preocuparme o inquietarme por ello. Tú estás completamente a cargo. Gracias». De esta manera nos libramos del temor a haber hecho una decisión incorrecta o de cualquier duda sobre el futuro conectada con la compra o inversión

Hagamos un hábito el bendecir todo lo que tenemos. Cada vez que nos llegue dinero u otro bien bendigámoslo, pues sabemos que la bendición lo aumenta. El dinero bendecido va más lejos; así mismo el alimento que se ha bendecido. La ropa y automóviles bendecidos duran más tiempo y dan mejores servicio. Esta es también una de las invariables leyes económicas de Dios. Podemos invocar el bien cuando usamos la bendición de Unity. «El amor divino, a través de mí, bendice y multiplica este bien ahora».

No espero nada más que bien. Estoy libre de toda preocupación, confío en Dios todo el día. Confío en El en cada una de mis actividades. Cuando me voy a dormir, confío en que El atenderá todos mis asuntos. El es el único responsable de mi bien. Mi parte es confiar. Confío y creo en las promesas de Dios, ahora.

Uso el bien que Dios me da. Lo uso sabiamente y bien. Pido la dirección de Dios en toda transacción financiera. Soy uno con lamente Divina. Sé lo que tengo que hacer y lo hago ahora.

Mary Katherine MacDougall

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